¿Apagón tecnológico? Compartir en Whatsapp

LOS CULTIVOS GENÉTICAMENTE MODIFICADOS Y EL DESARROLLO PRODUCTIVO

La Argentina puede pasar de líder agrícola de la región a furgón de cola. La falta de avances en materia de patentes y de seguridad respecto a la propiedad intelectual retrasaría el lanzamiento de nuevos materiales genéticos. Un tema que preocupa y del que hay que ocuparse.

Cuando el microbiólogo belga P. Just descubrió la estructura del ADN en 1941, y acuñó la denominación de “ingeniería genética”, difícilmente haya sospechado que estaba abriendo una puerta que 60 años después, a finales del siglo XX, provocaría una revolución tecnológica de alcances imprevisibles aún al día de hoy.

Lo concreto es que, aunque los desarrollos iniciales se produjeron en medicamentos, tras las primeras patentes (que se dieron en 1980), fueron los alimentos los que registraron los avances más masivos.

El crecimiento fue exponencial tras la primera planta de tabaco transgénico obtenida por una compañía belga, aunque fue con los cultivos de “cosecha” a mediados de la década del 90, cuando se produce el despegue a escala mundial.

Y apenas 20 años después, ya con el apoyo directo de la Organización Mundial de la Alimentación -FAO- (2004), prácticamente la totalidad de los países agrícolas pasaron a cultivar transgénicos (América del Norte completa, Australia, varios países asiáticos, y la casi totalidad de América del Sur, rondando los 180 millones de hectáreas con estos cultivos a nivel mundial).

Tan exponenciales y profundos fueron los cambios que, en el caso de Argentina, uno de los primeros países en adoptar la técnica en 1996, implicó hasta la transformación completa de provincias enteras, como Córdoba, limitada hasta entonces por la imposibilidad de luchar (en forma económica) contra malezas que la invadían como el gramón y el sorgo de Alepo. Con la expansión de los materiales, el territorio mediterráneo se volvió “agrícola¨ en buena parte, y los precios de los campos pasaron de 500-600 dólares por hectárea ganadera a varios miles en las zonas ahora de cultivo.

Lo mismo sucedió con el corrimiento de la frontera de cultivos hacia el norte y hacia el sur del país.

Hasta la infraestructura quedó desfasada e insuficiente y dista, aún al día de hoy, de acompañar el desarrollo y movimiento que cobraron las distintas áreas de producción.

En tal sentido, el especialista Eduardo Trigo estima que la Argentina “ganó” más de 127.000 millones de dólares en ese lapso gracias a esta clase de cultivos que, incluso, ameritaron calificar a un mandatario como “el Presidente de la soja” gracias a los ingresos extra que permitió la producción de esta oleaginosa.

Sin patentes

Sin embargo, y a pesar del liderazgo regional y hasta internacional que tuvo la Argentina en los 90, ahora se corre el serio riesgo de desandar buena parte de lo andado y retroceder, incluso, respecto de los países vecinos, como Brasil, que en una época producía menos granos, y hoy ya sacó una gran ventaja que casi duplica la producción local, con más de 210 millones de toneladas en el actual ciclo productivo.

En el lapso considerado, el país logró aprobar 36 eventos, con los que se cubrieran casi 25 millones de hectáreas, básicamente de soja (100%) del cultivo, algodón (100% del cultivo) y maíz (96% del cultivo).

Las obtenciones, incluyen 2 materiales locales, como la papa resistente a virus y una soja con resistencia a sequía.

Sin embargo, la falta de avances en materia de patentes (que se otorgan a cualquier producto en el que haya intervenido la mano del hombre), y de seguridad respecto a la propiedad intelectual como ya tienen, incluso, todos los países vecinos, además de efectos económicos negativos respecto a eventuales inversiones en esta materia, y la escalada de roces de distinta envergadura entre empresarios, productores y funcionarios por el tema, determinó que se retiraran materiales que estaban listos para su aprobación, algunos con la nueva tecnología que aporta soluciones para casos de malezas resistentes, y que si estarán disponibles comercialmente en Paraguay, Brasil, o Uruguay, entre otros varios, en esta próxima campaña.

Nuevo escenario

El despegue “negativo” de la Argentina respecto al resto del mundo y, especialmente, en cuanto a la región llevó a acuñar la alarmante frase de “apagón tecnológico”, situación que ya se vivió en la zona cuando Brasil resistía aceptar oficialmente los materiales provenientes de ingeniería genética reconociendo sus patentes, los que terminaban llevándose de contrabando desde la Argentina.

¿Podría repetirse el caso, ahora a la inversa? ¿Se conformarán los exigentes agricultores locales con materiales más viejos, de menor avanzada? ¿Cuál es el nivel de pérdida relativa para el país que podría implicar esta carencia?

Hay algunos datos desde ya indiscutibles. En primer lugar, se trata de una tecnología que llegó para quedarse.

Es prácticamente imposible que se retroceda. Sería casi como volver a los teléfonos fijos.

El segundo tema y que no es para nada menor es que ya hay compañías y entes oficiales argentinos desarrollando este tipo de eventos, que requieren obviamente la protección de las patentes, y el consecuente resguardo de la propiedad intelectual de éstos.

Finalmente, los principales analistas internacionales estiman que la reciente adquisición del principal semillero mundial (que es de origen estadounidense) por parte del gigante farmacéutico alemán Bayer no sólo implicará retomar parte de la orientación original de la tecnología en materia de desarrollo de remedios, sino también un “endurecimiento” en las posiciones respecto a los registros, de larguísima trayectoria en la Unión Europea, en buena
medida en manos de Gran Bretaña.

De hecho, allí obtuvo la Argentina su primera patente que, justamente fue un remedio para la tos, devenido luego en bebida: la Esperidina.

 

 

 

 

 

 

Por: SUSANA MERLO

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