Un duro golpe para la CIA Compartir en Whatsapp

La nueva jugada del sitio de filtraciones de gobiernos y grandes empresas WikiLeaks sacudió el tablero global. No sólo la revelación este miércoles de miles de documentos secretos de la CIA, algo inédito en la historia de la agencia. También por lo que los documentos mostraron. Y más aún por las derivaciones políticas de caso, que recién empiezan.

Se trata de una seria de instructivos, escritos en clave informática, con programas de virus y troyanos para pinchar con la última tecnología todo tipo de teléfono, computadora y televisor inteligente, incluyendo comunicaciones justo antes y después de ser encriptadas en smartphones de iPhone y Android por personas que pensaban que sus comunicaciones eran seguras precisamente porque eran encriptadas. Lo mismo que los usuarios de Whatsapp y Signal, que también pensaban que sus comunicaciones eran seguras. Los troyanos y virus de la CIA tienen nombres pintorescos como Time Stomper o Fight Club, y muchos remiten a bares y bebidas alcohólicas como Jukebox, Bartender, Wild Turkey, y Margarita.

La cosa no terminó ahí. Julian Assange (foto), el líder de WikiLeaks, habló en una videoconferencia de prensa desde la embajada de Ecuador en Londres, donde se asiló hace más de cuatro años para evitar cargos de asalto sexual en Suecia que según él estarían motivados por razones geopolíticas. Assange dijo en la videoconferencia que el material filtrado circulaba libremente entre ex analistas y contratistas de la CIA y que la fuente era una de esas personas, y que esa persona quería denunciar la irresponsable falla de seguridad de la agencia.

Como podía esperarse ante semejante denuncia, hubo reacciones en las capitales del mundo. Trump dijo a través de su secretario de prensa, Sean Spicer, que “la filtración debería preocupar a cada estadounidense” y aprovechó para espetarle a la CIA que sus estructuras deben ser renovadas.

El gobierno chino y el gobierno ruso, por separado, expresaron su preocupación. “Debemos tener en cuenta la capacidad de la CIA para interferir comunicaciones,” dijo el canciller ruso Sergey Lavrov. “Cuando tengo una conversación sensible dejo de lado a mi celular.” Los chinos incluso recordaron que varias de sus empresas operan en mundo global, compitiendo con empresas de Estados Unidos, al alcance de estos nuevos chiches de la CIA.

Es que hasta ahora –WikiLeaks prometió seis entregas más de la misma serie de documentos– a diferencia de los documentos de Snowden, el material no incluye operaciones específicas ni nombres de agentes ni víctimas.

Sin embargo, y acá viene la derivación política más significativa, WikiLeaks borró el código de los programas invasivos de sus publicaciones y ofreció públicamente compartirlos con las empresas de Silicon Valley para que puedan reparar las vulnerabilidades de su sistemas de seguridad. “Considerando lo que pensamos es la mejor manera de proceder y escuchando el pedido de algunos fabricantes hemos decidido trabajar con ellos para darle acceso exclusivo de los detalles técnicos a los que tenemos acceso para que los arreglos se puedan desarrollar e implementar , así la gente puede estar segura”, dijo Assange durante la conferencia de prensa. El gobierno acusó el golpe y Spicer contraatacó. “Cualquiera que esté pensando en trabajar con el señor Assange chequear primero con el Departamento de Justicia de Estados Unidos sobre las repercusiones legal de proceder en esa dirección.”

Assange es un viejo crítico de la connivencia entre Silicon Valley y el Pentágono y le ha dedicado un libro al tema, Cuando Google encontró a WikiLeaks (Clave Intelectual, 2014), donde el autor señala, por ejemplo, que Google Maps es un desarrollo original de la Marina (Navy) estadounidense.

Pero ante la oferta de WikiLeaks y la advertencia de Spicer, Silicon Valley, que había apostado fuerte a favor de la rival de Trump en las elecciones de noviembre, mantuvo un llamativo silencio. Una a una, ante la consulta de los medios, Apple, Google, Microsoft y Samsung, entre otros, callaron o contestaron con evasivas.

 

 

 

 

Por Santiago O’Donnell

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