El Martes 13 vuelve a instalarse en el calendario como una fecha cargada de advertencias, rituales y gestos automáticos que atraviesan generaciones. Aunque muchas personas se definan como racionales, pocas pasan el día sin dudar un segundo antes de romper un espejo, cruzar bajo una escalera o ignorar un mal presagio.
Lejos de ser simples creencias antiguas, las supersticiones siguen activas porque dialogan con miedos profundos y con la necesidad humana de anticipar riesgos.
En gran parte de América latina y España, el Martes 13 concentra una mala fama que combina símbolos históricos y culturales. El día remite a Marte, dios de la guerra, mientras que el número 13 aparece asociado a la ruptura del orden y a relatos de traición que se repiten desde hace siglos. Esa acumulación de sentidos convierte a la fecha en un emblema de lo que podría salir mal, aun cuando no exista evidencia real que lo respalde.
Otras supersticiones clásicas, como no pasar por debajo de una escalera, evitar a los gatos negros o tocar madera para "proteger" un deseo, mezclan explicaciones prácticas, religión y mitología. En algunos casos, incluso tuvieron consecuencias concretas: el miedo mal dirigido llegó a provocar persecuciones de animales o comportamientos colectivos dañinos, demostrando que las creencias simbólicas pueden impactar en la realidad.
Más allá de creer o no creer, estas prácticas revelan cómo funciona la mente humana frente a la incertidumbre. Las supersticiones no explican el mundo, pero ayudan a habitarlo: reducen ansiedad, ordenan el caos y transmiten memoria cultural. Entenderlas no implica aceptarlas, sino reconocer por qué, incluso en tiempos de ciencia y datos, siguen siendo tan difíciles de abandonar.




