La Semana Santa vuelve a poner en primer plano uno de los períodos más significativos del calendario cristiano, atravesado por la memoria, la fe y las tradiciones. En ese marco, el Viernes Santo se erige como la jornada central: el día en que se recuerda la pasión y muerte de Jesús de Nazaret, eje espiritual de millones de creyentes en todo el mundo.
Según los relatos evangélicos, Jesús fue arrestado, juzgado por el prefecto romano Poncio Pilato y condenado a morir en la cruz, tras ser acusado de proclamarse Rey de los Judíos. El camino hacia su ejecución -con la cruz a cuestas hasta el Monte Gólgota- es uno de los episodios más representados en las prácticas religiosas de esta fecha.
A diferencia de otras jornadas, el Viernes Santo se distingue por su clima de recogimiento. La liturgia católica no celebra misa, sino la llamada Liturgia de la Pasión del Señor, donde se leen los textos sobre la crucifixión y se realiza la veneración de la cruz. Además, la tradición incluye el ayuno y la abstinencia de carne como gesto de penitencia.
Entre las expresiones más extendidas aparece el Vía Crucis, una devoción que recorre catorce estaciones que simbolizan cada momento del trayecto de Jesús hacia su muerte. En distintas ciudades del mundo, estas representaciones se convierten en procesiones multitudinarias que combinan religiosidad y manifestaciones culturales.
Un recorrido día por día
La Semana Santa no se limita al Viernes Santo, sino que propone un itinerario que reconstruye los últimos días de Jesús:
- Domingo de Ramos: recuerda su entrada triunfal en Jerusalén.
- Lunes y Martes Santo: evocan enseñanzas y enfrentamientos con autoridades religiosas.
- Miércoles Santo: conmemora la traición de Judas Iscariote.
- Jueves Santo: celebra la Última Cena y el posterior arresto.
- Sábado Santo: jornada de duelo y espera.
- Domingo de Pascua: culmina con la resurrección.
Este último día, considerado el más importante del cristianismo, simboliza la victoria de la vida sobre la muerte y renueva el sentido de la fe.




