La provincia de Mendoza se suma por estos días a una manifestación de fe que combina espiritualidad contemporánea y devoción tradicional. La Basílica San Vicente Ferrer alberga un homenaje especial a Carlo Acutis, una de las figuras más singulares de la Iglesia Católica en el siglo XXI.
Se trata de una imagen del joven italiano, conocido como el "santo millennial", que permanecerá expuesta hasta el martes, invitando a fieles y curiosos a acercarse no solo para conocer su historia, sino también para elevar oraciones y pedidos personales. La iniciativa forma parte de una misión itinerante que nació en la Catedral de Chascomús y que recorre distintas ciudades del país, acercando la figura de Acutis a nuevas comunidades.
El sacerdote Horacio Day fue quien difundió la llegada de la imagen a Mendoza a través de redes sociales, convocando a los fieles a visitar el templo y pedir por intercesión del joven santo. La propuesta ha despertado interés, especialmente entre jóvenes, que encuentran en Acutis una figura cercana tanto por su edad como por su vínculo con el mundo digital.
La historia de Carlo Acutis rompe con los moldes tradicionales de santidad. Nacido en Londres en 1991 y criado en Italia, falleció en 2006 a los 15 años a causa de una leucemia. Su vida, breve pero intensa, estuvo marcada por una profunda fe y un compromiso activo con su entorno.
Fue beatificado en 2020 por Papa Francisco y canonizado en septiembre de 2025 por León XIV en la Plaza de San Pedro, convirtiéndose en el primer santo de la generación millennial.
Uno de los rasgos que más lo distingue es su capacidad para integrar la fe con la tecnología. Apasionado por la informática, desarrolló una exposición digital sobre milagros eucarísticos reconocidos por la Iglesia, lo que le valió los apodos de "ciberapóstol" e "influencer de Dios". Este proyecto, aún disponible en línea, sigue siendo una herramienta de evangelización global.
Más allá de su perfil digital, Acutis también se destacó por su compromiso social. Fue catequista, colaboró en comedores y asistió a personas en situación de calle. Su vida cotidiana, descrita por su madre como la de "un chico normal", se transformó en testimonio por su decisión de priorizar la fe en cada aspecto.
Tras su muerte, el Vaticano reconoció milagros atribuidos a su intercesión, incluyendo curaciones en Brasil y Costa Rica, elementos clave en el proceso que culminó con su canonización.




